lunes, 4 de febrero de 2013

Rosa y atonta: ¿qué es?

El único lugar donde "las niñas ya no quieren ser princesas" es en el Madrid al que cantó Joaquín Sabina. Más allá de las letras del ovacionado poeta urbano, el tópico de fantásticas pretensiones reales a la par que rosas sigue vigente. Y subiendo. Ahí están las Princesas Disney (vale, sí, aunque les hayan hecho sombra, admitámoslo, las famélicas tétricas ésas de las Monster High); los cuentos clásicos, que no pierden su tirón... ¡Y el disfraz largo, brillante y, por supuesto, de rotundo ROSA! Por mucho que Peppa Pig se vista del amado color nunca podrá llegarle ni a medio tacón a la idolatrada princess, modelo a emular por antonomasia.

"Mamá, Peppa me gusta, pero no me apetece. Yo, de princesa". No hay duda. No hay color (o bueno, hay color, pero rosa contra rosa, el rosa princesa gana al rosa cerdita). Ofrécele a una ñaja un disfraz de princesa (del bosque, de la ciudad, con caballo o sin caballo, medieval o romántica; da igual la variedad), que no lo cambiará por otro y lo vestirá durante años.

Ayyyy. Si es que tanto vestirse de esa guisa acaba pasando la tontuna a la sangre. Amén de que la corona no es buena para las neuronas. Aprieta. Y luego, de creciditas, creemos que del hábito aquél salió el monje, y claro, ahí van los batacazos personales, las prisas y el inconformismo vital que arrastramos las "princesas". (Me van a matar algunas). Sostengo que tanto cuento aberrante que inhalamos de pequeñas nos atrofia el cerebro y nos graba a fuego eso del Príncipe Azul, amén de que no nos prepara para los sapos que por mucho que se besen, batracios son y batracios se quedan.

Pero dónde se vio que un padre regale a sus hijas como agradecimiento al primer chaval que le siegue el prao, que las cambie por unos conejos y un saco con cuatro moneas, que se casen con el primero que aparece, que sólo aspiren a ser floreros, que el Príncipe del blanco corcel sea siempre su salvador... En fin, toda una fuente de valores, los cuentos de princesas, sí señor: igualdad, esfuerzo, intelecto... En fin, normal que cuando las feministas meten mano a la literatura clásica infantil, no quede obra con cabeza. Y mientras tanto, ellos tan frescos leyendo a Pinocho, que es más saludable (dónde va a parar; atonta bastante menos) o qué sé yo.

Que sí, que me repatean las princesas. Las Disney, las Barbie y las del couché (esas me provocan sudoración fría y carraspera). Que vivan Peppa Pig, Bog Esponja y Gerónimo Stilton. Si hasta mi niña de 3 años cuando ve salir la princesa a escena pregunta: "¿Y dónde está el príncipe"? ¿No te vale Patricio?

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